IDEAS E HISTORIAS

Zona de esparcimiento mental

Final abierto.

Los dos comenzaron a caminar por las angostas calles, mojadas por la lluvia y oscurecidas por la noche y la tenue iluminación. Parecía que todo les estaba ayudando para no ser reconocidos por furtivos ojos sedientos de dimes y diretes.

Eran viejos amigos. A veces separados por las realidades de sus vidas, que impedían mayores acercamientos. Otras tantas veces, unidos hasta lo más íntimo, impulsados por sus esperanzas, sus ilusiones y la necesidad de encontrar un lugar y una persona que comprendiese lo mucho que se necesitaban mutuamente.

-¿Cómo te va, Irene?

-Abrázame, Damián, por favor.

A los sentimientos les sobran palabras y les faltan abrazos, y eso era precisamente lo que andaba buscando Irene. Buscaba a un igual que transmitiese en la misma frecuencia que ella.

Damián andaba perdido desde su último desencuentro, hace ya algún tiempo. Era como si su vida se encontrase en estado latente.

Eran dos almas sentimentales, prácticamente gemelas, que en alguna que otra ocasión habían sido pisoteadas. Sin embargo, eran dos luchadores. Dos grandes púgiles encajadores, llenos de cicatrices, pero siempre en pie.

El viejo y mojado empedrado de las calles, reflejaba la débil y amarillenta luz de la noche. Una atmósfera pesada que imprimía un grado de sobriedad a la escena. Sin embargo, tanto Damián como Irene, eran felices. Estaban disfrutando de ese momento lleno de abrazos, roces de manos y algún que otro beso, suave, casi imperceptible para ajenos y extraños, pero inmenso para sus dos enormes corazones.

Al fin llegaron a su destino, un portal situado en el Barrio Viejo de la ciudad, en donde tantas otras veces habían ido para hablar de lo humano y lo divino. Para hacer lo humano y lo divino. Para volar juntos.

Esta vez era diferente. Ella tenía que contarle algo importante. Algo que cambiaría sus vidas para siempre. Algo que estaba humedeciendo sus ojos y no podía soportar más sin contárselo a él.

Damián la abrazó, tapando casi por completo el menudo cuerpo de Irene. Por fin, ella se sentía protegida y segura de sí misma. Por fin, ella le dijo todo lo que tenía que decir.

-Damián, ……….

-aquí el lector podrá imaginar lo que estime oportuno, completando así el relato-

Seamos ambiciosos.

¡Hola a todo el mundo!

Supongo que ya habré hablado de algo así o parecido, pero tomar decisiones es lo más importante de nuestras vidas. Así de simple y así de difícil a veces. A la pregunta de “¿qué es la vida?”, yo creo que es tomar decisiones.

Algunas nos harán más o menos felices y otras más o menos desdichados, pero lo peor que podemos hacer en esta vida es dejarnos llevar por su cauce sin ni siquiera ofrecer un poco de resistencia. Sin utilizar los remos con los que contamos.

Es preferible arrepentirse por hacer que por no hacer. Me genera muchísima angustia el contemplar mi vida dentro de unos años y pensar que no hice una u otra cosa. Seguramente siempre habrá algo sobre lo que no actuamos y estoy casi convencido de que ese algo será lo que más rabia me dará.

Hay muchas personas a las que les cuesta un mundo tomar decisiones. Y me da rabia ver cómo si no toman decisiones es porque se ven totalmente amordazadas por circunstancias ajenas a ellas.

A veces, somos cautivos, vivimos en una prisión sin ser muy conscientes de ello.Y cuando el cautivo es alguien a quien quieres, más rabia da. Pero aun con todo, más y más me motiva para ejercer, digamos, de liberador.

No podemos tener miedo a desear lo mejor para nosotros mismos. Puede que lo tengamos delante y tengamos miedo a extender el brazo y cogerlo. Puede que tengamos miedo a dar un saltito hasta la siguiente piedra del río.

Seamos ambiciosos, al menos, con nosotros mismos. No te dejes llevar por la corriente.

Subir puertos en bicicleta.

¡Hola a todo el mundo!

La verdad es que por unas cosas o por otras, acabo asemejando casi tosas las situaciones de la vida a una salida en bicicleta. Será porque soy aficionado al ciclismo o por lo que sea, pero el hecho es que es así.

Mi afición al ciclismo, como practicante activo del mismo, no es competitiva. Siempre hay piques y tal, que dan un poco de aliciente al asunto, pero en principio no voy a, digamos, ganar.

El ciclismo puede parecer algo bastante individual, pero nada de eso. Es un deporte en el que predomina el compañerismo. Es genial salir con los colegas a dar unas pedaladas y llegar a la cima de un puerto y acabar todo ese sufrimiento con unas risas y, si hay suerte, tomar algo en el bar de turno.

Muchos son los caminos que iniciamos en la vida. Algunos en solitario y otros en compañía de más gente. Ahora mismo, centra mi atención uno que he comenzado en compañía de alguien muy especial. Y con esto de muy especial me quedo realmente corto y si no digo más es por la prudencia que requiere este camino emprendido hace ya, entre unas cosas y otras, un año. (Sí, sí. Casi un año entre pitos y flautas).

La salida en bici con este alguien muy especial, comenzó de manera casual. Es como cuando sales a rodar, sin la menor intención de quedar con nadie a entrenar. Cuando vas por una carretera y cambias a otra, resulta que te cruzas con otra persona que tenía tu misma intención. Una casualidad. Al principio piensas, “vaya, yo que quería ir solo”. Pero la cosa es que comienzas a pedalear en su compañía.

Las conversaciones que se suelen tener sobre la bici en esta situación, son en plan, “¿a dónde vas tú?”. La respuesta, normalmente es, “pues no lo tenía pensado. Yo iba hasta La Robla”. Es muy habitual esto. Quien haya montado en bici lo comprenderá.

Poco a poco vas haciendo kilómetros y no dejas de charlar. La posición que se toma en el caso de que la compañía te resulte grata es en paralelo para poder hablar bien.

Te aproximas hasta el punto en el que, en principio, te ibas a dar la vuelta y alguien acaba diciendo, “bueno, ¿tú qué vas a hacer?”.

Siempre acaba habiendo cerca de este punto, un reto, un puerto al que, si se quiere, se puede subir, pero no habías salido con esa intención. El encuentro, os recuerdo que había sido casual.

Pero si la compañía es agradable y te complementas fenomenal, de repente te apetece MOGOLLÓN acometer el reto de subir el puerto.

Pero subir un puerto no es como ir dando un paseito. Resulta que requiere un gran esfuerzo. La recompensa está al final del camino. Unas vistas maravillosas y la satisfacción de haber superado un gran reto.

Durante un puerto suceden muchas cosas. Hablo de un puerto largo y duro. Yo hace unos años tuve la suerte de poder ir a Pirineos a subir puertos. Entre ellos, el Tourmalet que para mí era un mito.

Digamos que este alguien muy especial y yo, nos hemos puesto a subir el Tourmalet.

Comienzan las primeras rampas y siempre hay alguien que toma la iniciativa. Ya no se va en paralelo. Uno delante y otro detrás. El primero pone un ritmo. No ha de ser muy exigente porque si no, el de atrás se descuelga y puede decir, “yo me doy la vuelta porque esto es demasiado para mí”. Si no quieres ir con esa persona hasta el final, en este punto es cuando das un tirón y le descuelgas y no vuelves a saber nada de él. Pero no es el caso.

Así que el que está delante ha de ser cauto y tener tacto. Siempre pendiente del compañero pero sin dejar de tener presente que la meta está en la cima. Y lo más curioso del Tourmalet es que la parte más dura está al final, pero la motivación es tan grande y la recompensa está tan cerca que da lo mismo lo empinado de las rampas. Puedes con todo.

Mientras sigues avanzando en este coloso pirenaico, a veces el que está detrás dice algo como, “un poco más suave”, para no descolgarse. Al de delante, que le digan esto le parece bien porque lo que pretende es llegar al final en compañía de ese alguien muy especial y alcanzar la cima de la mano para poder abrazarse y disfrutar de las vistas y de todo lo demás que, os aseguro, es una experiencia inolvidable.

El que encabeza los primeros kilómetros de ascensión, seguro que necesita que el de detrás le de algún relevo. Durante ese relevo, siempre se cruzan algunas palabras. Se suele decir, “¿vas bien?”. Y cuando ese alguien te responde, “sí, voy fenomenal. Vamos a lograrlo”, te da tal subidón, que nada ni nadie podrá detenerte.

Me encanta este encuentro casual. Subir puertos, al principio es algo que cansa mucho, sobretodo mentalmente, pero todo puerto se puede subir.

Es maravilloso subirlo en compañía.

Ese alguien muy especial es el mejor compañero de bicicleta que jamás he tenido y tendré. Te voy a ayudar a subir todos los puertos del mundo porque lo podemos hacer. Las rampas pueden parecer muy duras pero siempre tendré el bidón lleno de agua para refrescarte y darte más fuerzas.

Lo vamos a lograr. Te lo aseguro.

Ese universo no evidente.

¡Hola a todo el mundo!

Ese mundo, que sólo dos iguales comprenden, es algo espectacular. Lo que para el común de los mortales sólo son dos personas mirándose, para esas dos personas puede que sea todo un universo de sensaciones casi imposibles de explicar.

Podría hablar del mundo evidente. De ese mundo en el que cuando estás abrazado a ese igual, todo parece detenerse y no puedes articular palabra, pero lo que nadie sabe es que un pequeño y forzado roce de manos, puede ser igual de poderoso.

Y lo mejor de todo es que ese universo, cada vez se hace más grande.

Para el resto del mundo sólo son dos iguales sonriéndose. Para ellos es algo así como volar de la mano sintiendo que sus cuerpos no pesan y pueden hacer lo que quieran. Sólo dura un segundo, pero para ellos es infinito.

Parece parte de su trabajo pero ese pequeño detalle, esa cómplice ración de más, ese perfilar los detalles, es todo un baile en el que se mueven como pez en el agua. Parece sonar una música que nunca acaba y que esos dos iguales conocen al dedillo.

Puede parecer un simple ángulo muerto en el que no se puede ver nada, pero para esos dos iguales es una especie de oasis en el que son libres durante décimas de segundo que resultan deliciosamente cómplices.

Puede parecer casualidad pero no lo es. Puede parecer broma pero no lo es. Puede parecer un espejismo pero no lo es.

Pero sólo es algo completamente real que se va extendiendo.

Y se extiende sin necesidad de espacio. Se extiende sin necesidad de tiempo. Se extiende en su interior hasta ocupar cada átomo de su cuerpo.

Y cuando la puerta se abra gracias a sus iguales voluntades todo será absolutamente dulce. Todo será absolutamente invencible.

Pero lo que no cabe duda es que todo ya es real.

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